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Un lugar con historia…

Mi casa en la Sierra de Madrid

A primera vista más parece un cortijo de La Mancha que una casa de la Sierra, no es de granito ni tiene los tejados de pizarra, sino que sus muros están encalados y sus cubiertas son de teja árabe, aunque cuenta con varios detalles clásicos serranos, como las vallas de mampostería, los remates en bolas de granito, las escaleras y el jardín de secano y, antiguamente, las puertas que daban a la huerta o a los caminos estaban pintadas en un verde brillante muy de campo, muy de la zona.

En su origen, la finca formó parte de la gran propiedad que bajo el nombre de El Enebrillo, perteneció al duque de Sotomayor hasta el siglo XIX. En aquellos años y por circunstancias económicas, que tuvieron su origen en las pérdidas de las colonias, el duque desgajó parte de sus tierras y las vendió a un torero (Lagartijo), oriundo del vecino pueblo de Torrelodones, que adquirió la casa como tentadero en el que entrenarse y ponerse en forma. Pero Lagartijo no duró mucho tiempo allí y casa y tierras fueron adquiridas por mi abuelo, con el propósito de alojar en ella a su hija mayor, a la sazón enferma del pulmón, atraído por la fama de las propiedades terapéuticas de esta zona.

Mi abuelo acondicionó la casa, estructurándola tal y como es hoy, dotándola del patio y galería, así como de una zona de guardería, con cochiqueras, gallinero y establos para el ganado y respetando las zonas originales como la capilla dormitorios y zonas comunes, además de rehabilitar los antiguos sistemas de aprovechamiento del agua con un embalse y una alberca que descargaban el agua de lluvia, mediante la canalización para el riego de una pequeña huerta.

burroToda mi niñez, así como la de mis hermanos y primos ha estado ligada a esta casa. En ella han transcurrido gran parte de nuestras vacaciones de verano y de semana santa. Recuerdo que en esos días en ella, los mayores practicaban una intensa vida social de campo, con partidas de cartas, cenas informales, concursos de tiro al plato o tiradas de faisanes y ojeos de perdices y en la que recibían sin parar a sus numerosos primos, parientes y amigos de fincas cercanas de Los Peñascales, La Berzosa, La Navata o El Escorial, mientras que los niños en estado semisalvaje, hacíamos excursiones en bicicleta a fincas más alejadas, a la presa de Felipe II o a el cercano río, por caminos imposibles con picnics de chocolate y bocadillos. Los domingos se celebraba una Misa en la Capilla de la casa, seguida de un aperitivo y una comida con una mesa enorme en la terraza del estanque. El pueblo ni lo pisábamos y nos parecía casi exótico acompañar a algún mayor de compras a la única tienda que había.

familia
abuelos

Al fallecer mi abuela, la casa pasó a manos de mis padres, los tiempos cambiaron, la autopista acercó la finca a Madrid y ya se llegaba en media hora en lugar de en la hora y media que se tardaba en otros tiempos. Los caminos mejoraron y los guardas dejaron de bajar en burro a comprar al pueblo, lo cambiaron por una motocicleta y se hicieron mejoras como la nueva canalización de agua y electricidad que permitió incluso hacer una piscina con hierba alrededor, algo impensable años antes.

CASA-NUEVA-DEL-ENEBRILLO.-RECONSTRUCCIÓN2Nosotros, mientras tanto, crecimos, hicimos amigos, dimos fiestas, nos casamos y tuvimos hijos que a su vez se bautizaron y celebramos sus primeras comuniones y todas sus fiestas notables entre los muros de esta casa. Aquí seguimos pasando nuestros veranos o al menos una parte y nos seguimos reuniendo alrededor de una mesa para celebrar cualquier ocasión, desde el aniversario de nuestros padres hasta los roscones de Reyes multitudinarios cada 6 de Enero como final de la Navidad.

Pero si tuviera que resaltar en pocas frases lo que de verdad vale la pena de esta casa, sólo diré que ver una puesta de sol desde el merendero o contemplar como el cielo se tiñe de rojo nadando en la piscina es inigualable, pero también lo es contemplar desde la puerta de la capilla una tormenta de verano, salir después al campo y aspirar el intenso olor a tierra y a jara mojada, saber que cada año el color azul de la glicinia, anuncia que empieza la primavera, dormir la siesta en el porche blanco una tarde de verano y contemplar el color rojo intenso que torna a morado de la parra virgen al comenzar el otoño, tomar los higos de las higueras mientras lees un libro bueno o hacer una ensalada con los mejores tomates y pimientos de la huerta. Estos son quizás algunos de los secretos de esta casa que puede que no tengan mucho valor, pero que para mi la hacen la más especial del mundo.

Contada por uno de los propietarios actuales.

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